Por Juan José Encarnación
SANTO DOMINGO, RD.-
En los últimos días se ha observado en algunos medios de comunicación un cuestionamiento constante hacia la gestión del presidente Luis Abinader. A mi entender, ese golpeo sistemático guarda relación con la alta valoración y el nivel de popularidad que mantiene el mandatario entre amplios sectores de la población. En política, quien lidera las preferencias suele convertirse también en el principal blanco de las críticas.
Uno de los aspectos que más ha caracterizado al presidente Abinader es su disposición a escuchar las inquietudes de la ciudadanía. Esa cercanía con la gente le ha permitido identificar prioridades y desarrollar políticas públicas y obras orientadas a beneficiar al conjunto de la sociedad, fortaleciendo la percepción de un gobierno atento a las necesidades del pueblo.

La sencillez y humildad que proyecta el mandatario constituyen rasgos que muchos ciudadanos valoran positivamente. Su estilo de gobernar, alejado de los excesos y con una presencia constante en las comunidades, ha contribuido a consolidar una imagen de cercanía que contrasta con la forma de hacer política de otros tiempos.
También resulta significativo que el presidente haya insistido en mantener una conducta de transparencia y en marcar distancia de prácticas que durante décadas afectaron la credibilidad de las instituciones públicas. Su mensaje ha sido que el ejercicio del poder no debe servir para la acumulación de riqueza personal, sino para impulsar el desarrollo del país y fortalecer la institucionalidad.

En el plano personal, Abinader ha proyectado una imagen de estabilidad familiar que forma parte de su identidad pública. Para muchos de sus seguidores, esa coherencia entre la vida privada y la responsabilidad pública constituye un elemento que inspira confianza y fortalece su liderazgo.

Quizás una de las frases que mejor resume su visión es el eslogan que ha popularizado en todo el país: «Tengo amigos, no cómplices». Con esa expresión busca transmitir la idea de que las relaciones personales no deben convertirse en un mecanismo para justificar actos indebidos ni para proteger la corrupción, sino que la amistad y el servicio público deben sustentarse en principios éticos y en el respeto a la ley.


