Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
La Gran Orden Unida de Odfelos nació con una misión filosófica, moral y fraternal que trasciende la simple ocupación de cargos y la administración de puestos directivos. Es, ante todo, una institución formadora de maestros, hombres llamados a cultivar la sabiduría, practicar la virtud y convertirse en referentes de conducta para sus semejantes. Su grandeza no debe medirse por la cantidad de dignatarios que produce, sino por la calidad humana de los hermanos que logra formar. Porque una institución que enseña principios debe tener como primera obligación procurar que quienes la representan sean los primeros en practicarlos.
En ese sentido, debemos recordar que un maestro no es simplemente aquel que conoce las leyes, domina los rituales o ha recorrido los diferentes grados de la Orden. Un verdadero maestro es aquel cuya conducta habla más alto que sus palabras, cuya humildad inspira respeto y cuya manera de relacionarse con los demás constituye una enseñanza permanente. El maestro odfelo no necesita imponer su autoridad para ser escuchado, porque su comportamiento, su conocimiento y su integridad moral le otorgan el respeto de sus hermanos.
Sin embargo, en los actuales momentos observamos con preocupación que algunos hermanos que ocupan posiciones de dirección parecen haber confundido el significado de ejercer un cargo con el privilegio de convertirse en jefes. Han olvidado que los puestos dentro de la Orden no son instrumentos para establecer superioridades personales, imponer voluntades o alimentar vanidades individuales. Son responsabilidades temporales que deben ejercerse con espíritu de servicio, entendiendo que quien recibe una distinción también recibe una obligación mayor frente a la institución y sus miembros.
El problema de quien actúa como jefe es que pretende ser obedecido, mientras que el verdadero maestro procura ser comprendido y seguido por el ejemplo. El jefe utiliza su posición para marcar distancias; el maestro utiliza sus conocimientos para construir puentes. El jefe entiende que los demás están para servirle; el maestro comprende que su principal responsabilidad consiste en servir a los demás. Esa es la diferencia fundamental entre ejercer el poder y practicar el verdadero liderazgo fraternal.
Un servidor odfelo debe comprender que la autoridad moral no se consigue mediante un nombramiento, una elección o una posición jerárquica. Se conquista con la transparencia, la tolerancia, la prudencia y la disposición permanente de ayudar al hermano que necesita orientación. No podemos hablar de amistad, amor y verdad si nuestras actuaciones contradicen esos principios. Tampoco podemos pretender formar hombres virtuosos cuando quienes tienen la responsabilidad de enseñar no demuestran, con sus acciones, aquello que predican desde los altares y las mesas de trabajo.
La Gran Orden Unida de Odfelos necesita recuperar con firmeza su vocación educativa y filosófica. Necesita hombres capaces de orientar sin humillar, corregir sin ofender, dirigir sin imponer y enseñar sin creerse superiores. Los cargos deben ser espacios de aprendizaje y servicio, no escenarios para satisfacer aspiraciones personales. Cada hermano que llega a una posición de dirección debería preguntarse diariamente si está contribuyendo a formar mejores hombres o simplemente está administrando un puesto. Porque la verdadera grandeza de un dirigente no está en cuántos hermanos le obedecen, sino en cuántos logra inspirar para que sean mejores personas.
Finalmente, debemos comprender que la Orden no necesita fabricar jefes, necesita formar maestros; no necesita hombres enamorados de los cargos, sino hermanos comprometidos con los principios. El odfelo auténtico no se distingue por las insignias que lleva sobre su pecho, sino por la nobleza que demuestra en sus actuaciones. Que nadie confunda autoridad con superioridad, ni dirección con dominio. En la Gran Orden Unida de Odfelos, quien no ha aprendido a servir todavía no ha comprendido lo que significa dirigir; porque el verdadero odfelo no nació para ser jefe de sus hermanos, sino maestro por sus virtudes y servidor por convicción.


