Por Juan José Encarnación Soto
SANTO DOMINGO, RD.-
En la República Dominicana, dentro del sistema de partidos tradicionales, existía una relación mucho más cercana y humana entre los dirigentes y la militancia. Había una especie de empatía que permitía que los líderes conocieran las necesidades de sus compañeros y se preocuparan por su bienestar, más allá de las circunstancias electorales. Recuerdo que a José Francisco Peña Gómez muchas veces le escuché decir, cuando compañeros lo visitaban en su despacho de la Alcaldía: “Compañero, ¿usted almorzó?”. Si la respuesta era negativa, inmediatamente los invitaba a comer. Ese gesto, aparentemente sencillo, reflejaba una concepción de la política en la que el dirigente no veía al militante solamente como un voto, sino como un ser humano con necesidades, preocupaciones y dignidad.
Aquella conducta formaba parte de una filosofía política que hoy parece haberse debilitado considerablemente. En aquellos años, la militancia no solamente era convocada para participar en marchas, mítines o actividades electorales, sino que también existía interés por su formación. En los partidos había círculos de estudios, debates, reuniones políticas y espacios donde se discutían los problemas nacionales, la historia, la economía, la democracia y las ideas que sustentaban cada organización. El militante tenía la oportunidad de aprender y comprender por qué defendía determinadas posiciones. La política no era únicamente una carrera para conquistar posiciones públicas; también era una escuela de formación ciudadana y de compromiso social.
Hoy, lamentablemente, muchas de esas prácticas parecen haber quedado en el pasado. Los partidos políticos han ido perdiendo buena parte de su contenido ideológico y, en numerosos casos, han convertido su principal objetivo en alcanzar el poder y conservarlo. La discusión de ideas ha sido desplazada por las estrategias electorales, las alianzas circunstanciales, las redes sociales y la búsqueda permanente de candidaturas. Esto ha provocado que una parte de la militancia ya no se forme políticamente como antes, sino que se movilice fundamentalmente alrededor de intereses particulares, aspiraciones personales o la posibilidad de obtener una posición dentro del Estado.
Lo más preocupante es que, después de alcanzar el poder, algunos dirigentes parecen olvidar precisamente a quienes estuvieron a su lado cuando todavía no tenían ninguna posición. Hay compañeros que caminaron calles, organizaron reuniones, llevaron mensajes, defendieron a sus líderes en momentos difíciles y trabajaron durante años sin recibir ninguna recompensa. Sin embargo, cuando llega el triunfo electoral, muchas veces esas personas dejan de ser visibles para quienes ocupan las posiciones de dirección. Se produce entonces una dolorosa contradicción: quienes fueron indispensables para conquistar el poder terminan siendo olvidados por aquellos que ayudaron a llegar.
La política debería recuperar la sensibilidad humana y comprender que gobernar no consiste únicamente en administrar instituciones, distribuir recursos o ocupar cargos públicos. También significa recordar de dónde se viene, quiénes estuvieron presentes durante el camino y cuáles fueron las razones que llevaron a una persona a comprometerse con un proyecto político. No se trata de regresar exactamente a las prácticas del pasado, sino de rescatar aquellos valores que hicieron de la militancia política una actividad basada en la solidaridad, la formación, la lealtad y el compromiso. Un partido puede modernizar sus métodos, utilizar nuevas tecnologías y desarrollar sofisticadas estrategias electorales, pero si pierde el contacto humano con su gente, termina convirtiéndose en una estructura fría y distante.
Por eso resulta necesario preguntarnos qué ha ocurrido con aquella política en la que un dirigente podía detenerse ante un compañero y preguntarle simplemente si había comido. Esa pregunta tenía un profundo significado: expresaba preocupación, solidaridad y reconocimiento. La política dominicana necesita recuperar parte de esa sensibilidad, pero también reconstruir espacios de formación ideológica y debate de ideas. Los partidos no pueden ser únicamente maquinarias electorales que se activan para buscar votos cada cuatro años. Deben volver a ser escuelas de ciudadanía, organizaciones capaces de formar hombres y mujeres comprometidos con la sociedad y, sobre todo, estructuras que nunca olviden a quienes les dieron su confianza, su esfuerzo y su respaldo cuando alcanzar el poder todavía parecía una posibilidad lejana.


