Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Guaroa fue uno de los sobrevivientes de uno de los episodios más sangrientos de la historia de la conquista de La Española, una matanza que los taínos recordarían como el “Día de la Sangre”. Aquel acontecimiento marcó profundamente la resistencia indígena en la isla y dejó una huella de dolor entre las comunidades que habitaban la región del Bahoruco. Guaroa logró escapar milagrosamente de aquella jornada de muerte, aunque recibió un fuerte golpe en la cabeza que hizo pensar a españoles que había quedado muerto entre los cadáveres.
Durante la noche, cuando el silencio volvió a cubrir el lugar de la tragedia, Guaroa recuperó el conocimiento y, con enormes dificultades, logró escapar del escenario de la matanza. Al despertar se encontraba rodeado de los cuerpos sin vida de muchos de sus compañeros y familiares. Herido, debilitado y consciente de que podía ser descubierto en cualquier momento, emprendió una peligrosa huida hacia las montañas. Aquella escapatoria no fue solamente un acto de supervivencia personal, sino también el comienzo de una nueva etapa de resistencia indígena en las montañas del Bahoruco.
Después de varios días, cuando pudo recuperarse parcialmente de las heridas que había recibido, Guaroa buscó a Higuemota, madre de Mencía. Sin embargo, su preocupación no estaba solamente en salvar su propia vida. También tenía presente el destino de Guarocuya, su sobrino, un niño que representaba para él la continuidad de su pueblo y de sus raíces, en un momento en que la conquista española amenazaba con destruir las comunidades y las tradiciones de los habitantes originarios de la isla.
Guaroa habló con Higuemota y trató de convencerla de que entregara a Guarocuya para que pudiera ser criado en libertad, lejos del control de los conquistadores. Su intención era llevarlo hacia las montañas del Bahoruco, donde todavía existían espacios de resistencia y donde el niño podría crecer con mayor libertad, conservando el vínculo con su pueblo. Iguemota aceptó de mala gana, pues comprendía los peligros que aquella decisión podía representar. Sin embargo, las circunstancias de la época obligaban a tomar decisiones difíciles para proteger la vida y el futuro de los descendientes indígenas.
Guaroa, entretanto, se había convertido en un hombre perseguido. El gobernador Ovando conocía sus movimientos y sabía que había logrado escapar hacia las montañas acompañado de un número importante de sus compueblanos. Para las autoridades coloniales, aquella concentración de indígenas representaba una amenaza que debía ser eliminada. Por eso se inició una persecución contra Guaroa, cuyo objetivo era capturarlo y acabar con la resistencia que encabezaba. Las montañas del Bahoruco se convirtieron así en refugio, pero también en escenario de una lucha desigual.
La presencia de Guarocuya bajo la protección de Tamayo adquirió entonces una importancia especial. Tamayo cuidaba al niño con enorme dedicación, como quien protege algo de un valor incalculable. Para él, Guarocuya no era simplemente un niño bajo su cuidado: representaba una esperanza para la continuidad de la dignidad de los indígenas. En medio de una época marcada por la violencia, la persecución y la pérdida de territorios, proteger a un niño podía convertirse en un acto de resistencia tan importante como enfrentarse directamente a los soldados.
Fue en esas circunstancias cuando apareció la figura del padre Bartolomé de las Casas, quien tuvo un papel decisivo en este episodio. Las Casas conocía la situación de los indígenas y había comenzado a cuestionar abiertamente los abusos cometidos durante la conquista. Su intervención permitió establecer un puente entre quienes buscaban proteger a Guarocuya y quienes podían ofrecerle una alternativa distinta a la persecución y la guerra. Después de conversar con Tamayo, Las Casas logró convencerlo de que permitiera que Guarocuya marchara con él.
Tamayo no tomó aquella decisión fácilmente. Había cuidado a Guarocuya con especial esmero y lo consideraba prácticamente un tesoro que debía protegerse de cualquier peligro. Sin embargo, comprendió que permanecer en las montañas podía poner al niño en una situación todavía más peligrosa. Finalmente aceptó que Guarocuya acompañara al padre Las Casas, abriendo así un nuevo capítulo en la vida de quien posteriormente sería conocido como Enriquillo, una de las figuras más importantes de la resistencia indígena en La Española.
Mientras estos acontecimientos ocurrían, las autoridades coloniales continuaban tratando de sofocar cualquier intento de rebelión. Ovando mantenía una política severa frente a los indígenas que se refugiaban en las montañas y consideraba necesario perseguir a quienes se negaban a someterse. La resistencia de Guaroa y de sus compañeros demostraba que, a pesar de las matanzas y de la destrucción de numerosas comunidades, todavía existía entre los indígenas una fuerte voluntad de preservar su libertad.
En este contexto también aparece Velázquez, quien había recibido instrucciones precisas para perseguir y eliminar a los insurrectos. Las órdenes eran claras y reflejaban la política de la época: cualquier concentración indígena considerada rebelde debía ser disuelta por la fuerza. Sin embargo, los acontecimientos no siempre se desarrollaban como las autoridades esperaban. La resistencia en las montañas era difícil de controlar, y cada sobreviviente que lograba escapar mantenía viva la posibilidad de que otros continuaran la lucha.
Cuando Ovando conoció determinadas actuaciones relacionadas con la persecución de los indígenas, recriminó a Velázquez por la manera en que se habían desarrollado los acontecimientos. El capitan tenía órdenes precisas y esperaba que fueran cumplidas sin vacilaciones. La historia de Guaroa demuestra, sin embargo, que detrás de las órdenes militares existían seres humanos que luchaban por sobrevivir, proteger a sus familias y conservar un mínimo de libertad en medio de un proceso de conquista que transformó violentamente la vida de la población originaria.
La historia de Guaroa y Guarocuya no puede entenderse únicamente como un episodio de persecución. También es una historia de supervivencia, solidaridad y resistencia. Guaroa logró escapar de una matanza en la que muchos encontraron la muerte; Higuemota enfrentó una difícil decisión; Tamayo protegió a Guarocuya como un tesoro; y el padre Las Casas intervino para ofrecerle un camino diferente. Cada uno de estos personajes contribuyó, de una manera u otra, a que la historia de la resistencia indígena no terminara aquella noche. En otro capítulo seguiremos esta narración, cuando Guarocuya comience a convertirse en la figura que la historia recordaría como Enriquillo y su nombre pase a ocupar un lugar fundamental en la lucha por la libertad de los indígenas de La Española.


