Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
El relato que hacemos a continuación es real, aunque los nombres de las personas han sido cambiados para proteger su identidad. Ocurrió en los años 90, una época en la que yo acababa de terminar mis estudios de Comunicación Social y atravesaba una etapa difícil. Tenía dos hijos y, a pesar de haber concluido mi carrera, no encontraba trabajo en mi área profesional. Como suele ocurrir en la vida, tuve que buscar alternativas para poder salir adelante y llevar el sustento a mi familia.
En medio de aquella situación conseguí trabajo en el bar de una discoteca. Aunque no era precisamente el empleo que había imaginado después de terminar mis estudios, lo asumí con responsabilidad y entusiasmo. Para mí representaba una oportunidad de ganarme la vida y, al mismo tiempo, acercarme al mundo en el que siempre había querido desarrollarme: la comunicación y la locución.
Con el paso del tiempo tuve la oportunidad de convertirme en musicalizador de la discoteca. Aquello significó mucho para mí, porque mientras trabajaba con la música también podía practicar mi locución, aprender a manejar los tiempos, observar al público y descubrir cómo una canción podía transformar completamente el ambiente de un lugar. Me encontraba en un espacio que disfrutaba y, además, me pagaban por hacer algo que me apasionaba.
La discoteca era un lugar de encuentros, alegrías, romances y también de penas. Cada noche llegaban personas con historias diferentes. Algunos iban a bailar, otros a compartir con sus amigos y muchos buscaban simplemente olvidar por unas horas los problemas de la vida cotidiana. Yo, desde mi puesto de trabajo, podía observar todo aquello mientras seleccionaba la música y trataba de mantener el ambiente animado.
En ese contexto apareció Marcelino, un amigo cuya novia acababa de dejarlo. Marcelino llegó a la discoteca buscando compañía y un poco de ambiente, pero desde que entró era evidente que tenía la mente en otra parte. Aunque conversaba, escuchaba música y trataba de integrarse al ambiente, no conseguía desprenderse del recuerdo de aquella mujer que había decidido terminar la relación.
Recuerdo que aquella noche quise ayudarlo a distraerse. Le presenté dos jóvenes amigas que se encontraban en el lugar y que rápidamente simpatizaron con él. Las muchachas conversaron con Marcelino, trataron de hacerlo reír y hasta bailaron con él. Por momentos parecía que estaba logrando olvidarse de su problema, pero bastaba observar su rostro para darse cuenta de que su pensamiento seguía en aquella novia que lo había abandonado.
Las jóvenes, después de bailar con él, se acercaron a mí y me hicieron un comentario que quedó grabado en mi memoria. Entre risas me dijeron: “Ese amigo tuyo parece un sombi”, refiriéndose a las profundas ojeras que tenía por las noches sin dormir. La expresión me causó gracia porque describía perfectamente su aspecto aquella noche: estaba cansado, distraído, con la mirada perdida y con unas ojeras que delataban que llevaba varios días sin descansar bien.
Lo que ninguno de nosotros imaginaba era que aquella expresión terminaría convirtiéndose en un apodo. Los amigos y compañeros de trabajo que escucharon la historia comenzaron a llamarlo “El Sombi”. Cada vez que Marcelino aparecía por la discoteca, alguien hacía referencia al famoso apodo. Lo curioso era que el nombre no surgió de una intención de burlarse cruelmente de él, sino de una situación cotidiana que terminó convirtiéndose en una anécdota inolvidable.
Con los años, aquel episodio permaneció en mi memoria como una de esas historias sencillas que nacen de la vida cotidiana y terminan adquiriendo un significado especial. Yo había comenzado trabajando en el bar de una discoteca porque necesitaba empleo después de terminar mis estudios, pero terminé encontrando allí un espacio para practicar la locución, relacionarme con la gente y vivir experiencias que todavía recuerdo. Entre música, luces, amigos y noches de trabajo, surgió también la historia de Marcelino y su inolvidable apodo.
De aquella experiencia nace esta acuarela, inspirada en una historia verdadera de los años 90. La pintura busca representar no solamente a Marcelino con sus profundas ojeras y su tristeza, sino también aquel ambiente de discoteca donde la música, las amistades y las circunstancias de la vida se mezclaban cada noche. “El Sombi” es, en definitiva, el recuerdo de una época, de un grupo de amigos y de una anécdota que comenzó con un corazón herido y terminó convertida en una historia que todavía merece ser contada.


