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Un encuentro con la picardía del recuerdo: “La Coja y las estrellas de Mata Palacio”

Por Roberto Veras

SANTO DOMMINGO, RD.-

Me encontré con el poeta Miguel Solano, un hombre que lleva en sus cabellos blancos las huellas del tiempo, pero que conserva en su espíritu la chispa de la juventud y, en sus palabras, la picardía de quien ha vivido lo suficiente para convertir una conversación en una historia memorable.

A Solano le hicieron una comparación con el Gran Combo de Puerto Rico, cuyos integrantes, con el paso de los años, también han visto cómo las canas van cubriendo sus cabezas. Sin embargo, el poeta respondió con la seguridad de quien conoce el valor de la experiencia: él está como el vino, que mientras más años acumula, más carácter adquiere. Y remató con una frase cargada de humor: «La Coja me quiere como quiera».

Pero para entender aquella expresión hay que regresar a los recuerdos del campo de Mata Palacio, en Hato Mayor, donde transcurrieron estas anécdotas, entre la vida campesina, las conversaciones de los muchachos y esas historias que el tiempo no consigue borrar. Allí, en aquel ambiente rural donde la gente se conocía y las ocurrencias se convertían rápidamente en leyendas, aparece la figura de la Coja, una amiga de Solano que, según la narración jocosa, lo enseñó a ver las estrellas aun siendo de día.

En aquellos tiempos, los muchachos de Mata Palacio también tenían sus propios códigos y sobrenombres. La coja, así llamaban a la burra de Toño, protagonista de bromas y comentarios que circulaban entre los jóvenes. Según aquellas ocurrencias, todos la querían, pero nadie decía nada. El misterio, la picardía y las risas formaban parte de un lenguaje popular que solamente quienes compartieron aquella época podían comprender en toda su dimensión.

Aquellas historias no pertenecen únicamente a la memoria de Miguel Solano; también forman parte de la tradición oral de nuestros campos dominicanos, donde los apodos, las anécdotas y las bromas pasan de una generación a otra. Mata Palacio, en Hato Mayor, se convierte así en el escenario de una pequeña historia de amistad, humor y recuerdos que merece ser contada con el sabor propio de nuestra cultura campesina.

El vino de Miguel y las estrellas de Mata Palacio

Miguel Solano, poeta de cabellos blancos y alma traviesa, parece llevar en su corazón una copa de vino añejo, de ese que no se bebe de prisa porque guarda en cada sorbo una historia, una nostalgia y una sonrisa. Los años han pintado de plata su cabeza, pero no han conseguido apagar la llama de su ingenio ni silenciar las voces de sus recuerdos.

Y allí, en el campo de Mata Palacio, en Hato Mayor, donde la tierra guarda las huellas de los campesinos y las noches parecen bordadas de estrellas, surge la figura de la Coja, personaje de aquellas memorias que mezclan humor, amistad y picardía. Dicen que enseñó a Solano a ver las estrellas aun en pleno día. ¡Vaya enseñanza para un poeta! Porque quizás los demás necesitan que llegue la noche para mirar el firmamento, pero el hombre que vive de la poesía puede encontrar estrellas hasta en los recuerdos más inesperados.

Por los caminos de Mata Palacio todavía parece escucharse el eco de las risas de aquellos muchachos que conocieron la historia de la burra de Toño. Todos tenían algo que comentar, todos parecían conocer el cuento, pero nadie quería decir demasiado. Así nacen las leyendas de nuestros campos: entre miradas cómplices, palabras a media voz y silencios que terminan diciendo mucho más que cualquier explicación.

¡Ay, Miguel Solano! Si el Gran Combo continúa haciendo bailar a varias generaciones, tú sigues poniendo a bailar las palabras al ritmo de tus recuerdos. Que no te preocupen las hojas blancas que caen sobre tu cabeza, porque en Mata Palacio aprendiste que las mejores historias no envejecen: se transforman en leyendas, se convierten en versos y sobreviven en la memoria de quienes las compartieron.

Y si el vino añejo es tu mejor metáfora, que nunca te falten la amistad, la inspiración y el buen humor. Porque desde los campos de Hato Mayor hasta cualquier rincón donde se escuche tu nombre, siempre habrá espacio para una anécdota, una sonrisa y una estrella que ilumine el camino.

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