Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
En la vida pública existen palabras que, dependiendo del contexto y de quien las pronuncie, pueden interpretarse como un elogio, una ofensa o simplemente una expresión de cercanía. El término «tíguere», tan arraigado en la cultura popular dominicana, es un ejemplo de ello. Para algunos representa astucia, capacidad para salir adelante y picardía; para otros, evoca una imagen que prefieren mantener alejada de su vida pública.
Mientras el presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, ha manifestado en distintas ocasiones su incomodidad cuando alguien lo califica como «tíguere», entendiendo que el término no refleja la imagen institucional que desea proyectar, el escritor y poeta Miguel Solano parece asumir esa expresión desde una perspectiva completamente distinta y hasta afectuosa.
Para Miguel Solano, la palabra adquiere un significado íntimo cuando, según relata con humor, su compañera sentimental —a quien describe cariñosamente como «su negra de glúteos pronunciados»— le dice: «mi tíguere». En ese contexto, la expresión deja de ser una etiqueta social para convertirse en una muestra de complicidad, afecto y admiración dentro de la relación de pareja.
Esta diferencia demuestra que las palabras no poseen un significado absoluto. Su verdadero sentido depende del tono, de la intención y del vínculo existente entre quienes las utilizan. Una misma expresión puede resultar incómoda en un escenario político y, al mismo tiempo, convertirse en un apelativo cariñoso dentro de la intimidad de un hogar.
La cultura dominicana está llena de estos matices lingüísticos. Términos que en determinados ambientes pueden interpretarse como despectivos, en otros se transforman en símbolos de confianza, amistad o cariño. Esa riqueza del lenguaje popular refleja la diversidad de formas en que los dominicanos expresan sus emociones y construyen sus relaciones personales.
Los personajes públicos, además, viven bajo el permanente escrutinio de la sociedad. Mientras un dirigente político procura cuidar cada detalle de su imagen para transmitir seriedad y respeto institucional, un artista o un escritor suele disfrutar de una mayor libertad para jugar con las palabras, las expresiones populares y las anécdotas personales, convirtiéndolas incluso en parte de su identidad pública.
Al final, la verdadera disyuntiva no está en la palabra «tíguere», sino en la percepción que cada persona tiene de ella. Lo que para unos representa una expresión que prefieren evitar, para otros constituye un reconocimiento afectuoso cargado de simpatía y autenticidad. Es una muestra de que el lenguaje, más que un conjunto de palabras, es un reflejo de las experiencias, la personalidad y la forma en que cada individuo decide presentarse ante el mundo.


