Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO ESTE, RD.-
Las negociaciones de paz emprendidas por el padre Bartolomé de las Casas y Diego Velázquez con Guaroa constituyeron uno de los intentos por poner fin a la resistencia de los indígenas que permanecían refugiados en las montañas de Jaragua. Guaroa se había convertido en uno de los principales símbolos de la resistencia taína frente al dominio español y había logrado mantenerse junto a sus seguidores en lugares de difícil acceso. Sin embargo, aquellos esfuerzos de negociación no fueron del agrado de Nicolás de Ovando, quien mantenía una política de persecución contra los indígenas que se negaban a someterse.
Ovando ordenó nuevamente la persecución de Guaroa y dispuso que se actuara contra él y contra los indígenas que permanecían alzados en las montañas. Para las autoridades españolas, la existencia de aquellos grupos representaba un desafío al control que pretendían ejercer sobre el territorio. Para los taínos, en cambio, las montañas constituían uno de los últimos espacios donde podían intentar preservar su libertad y escapar de los abusos que habían sufrido desde la llegada de los conquistadores.
Diego Velázquez gozaba de buenas relaciones con algunos indígenas y utilizó esos vínculos para obtener información sobre el paradero de Guaroa. Varios taínos fueron convencidos para señalar el lugar donde se encontraba escondido el líder indígena junto a los hombres y mujeres que lo acompañaban. Con aquella información, los españoles pudieron organizar una nueva incursión hacia las montañas, donde esperaban encontrar a Guaroa y poner fin definitivamente a su resistencia.
Cuando los españoles llegaron al lugar señalado, se produjo un nuevo enfrentamiento con los indígenas alzados. La incursión terminó en otra matanza en las montañas, donde los taínos intentaron defenderse ante una fuerza superior. Aquellos acontecimientos reflejan la dureza de una época en la que las diferencias entre conquistadores y habitantes originarios fueron resueltas muchas veces mediante la violencia, la persecución y la muerte.
En medio de aquel escenario, Diego Velázquez se acercó a Guaroa y le pidió que se rindiera. La propuesta significaba abandonar la resistencia y aceptar convertirse en prisionero de los españoles. Guaroa, consciente del destino que podía esperarle si caía en manos de sus perseguidores, tomó una decisión que quedó registrada en la memoria de la resistencia indígena: manifestó que, antes que convertirse en prisionero, prefería morir.
Guaroa llevaba un cuchillo sujeto a la cintura y, decidido a no entregarse, lo tomó y se quitó la vida. De esta manera terminó la vida de uno de los hombres que había mantenido una firme oposición al sometimiento. Su muerte puede entenderse como el último acto de una resistencia que había comenzado mucho antes y que tenía como propósito preservar la libertad frente a quienes pretendían imponer un nuevo orden sobre los pueblos originarios.
La tragedia alcanzó también a la familia de Higuemota. Higuemota ya había muerto, por lo que no fue trasladada a Santo Domingo como parte de estos acontecimientos. Quienes fueron enviados a Santo Domingo fueron Mencía, Guarocuya ya estaba con los sacerdotes, ambos huérfanos, quedando separados del territorio de Jaragua y de buena parte del mundo familiar y cultural en el que habían crecido. El traslado representó otra ruptura para una generación indígena que había sufrido guerras, persecuciones, muertes y desplazamientos.
Mencía y Guarocuya quedaron así vinculados a una historia marcada por la pérdida de sus familiares y por la desaparición progresiva del poder de los antiguos cacicazgos taínos. Eran jóvenes huérfanos que tuvieron que enfrentar una nueva realidad lejos de las montañas y tierras de Jaragua. Su historia resulta especialmente importante porque permite observar cómo los acontecimientos de la conquista afectaron no solamente a los guerreros que participaron en la resistencia, sino también a niños y jóvenes que quedaron atrapados en las consecuencias de aquellos conflictos.
Posteriormente, Nicolás de Ovando dejó el gobierno de La Española y fue sustituido por Diego Colón, quien llegó acompañado de María de Toledo. Este cambio produjo un período de cierto alivio para los indígenas, debido a las recomendaciones y disposiciones orientadas a poner freno a los abusos que habían sufrido durante los años anteriores. Aunque la situación de los taínos continuó siendo extremadamente difícil y la colonización siguió transformando profundamente sus comunidades, el cambio de autoridades permitió un breve respiro después de las intensas persecuciones.
La historia de Mencía y Guarocuya continuaría desarrollándose en medio de aquella nueva realidad. Ambos eran huérfanos y habían quedado vinculados a las familias y linajes que habían tenido importancia en Jaragua. Su destino estaría marcado por las circunstancias de la conquista, pero también por la necesidad de conservar la memoria y la identidad de sus antepasados. En ellos sobrevivía parte de una sociedad que había sido golpeada por la guerra, las enfermedades, los desplazamientos y el sometimiento.
Dentro de esta historia familiar aparece también el vínculo entre Guarocuya y Mencía. La tradición señala el deseo de que ambos permanecieran unidos y que llegaran a casarse, una relación que adquiriría posteriormente gran importancia dentro de la memoria histórica de Jaragua. Más allá de las circunstancias particulares, este vínculo permite observar cómo las familias indígenas procuraban mantener sus relaciones y preservar sus linajes aun cuando las estructuras tradicionales de la sociedad taína estaban siendo destruidas.
La historia de Guaroa, Higuemota, Mencía y Guarocuya merece ser conocida porque detrás de sus nombres existen vidas humanas marcadas por uno de los períodos más difíciles de la historia de La Española. Guaroa escogió la muerte antes que la prisión; Higuemota murió antes de estos acontecimientos; y Mencía y Guarocuya, huérfanos, fueron llevados a Santo Domingo para enfrentar un destino que ya no dependía únicamente de ellos. En otro artículo continuaremos esta historia, digna de ser contada, para conocer qué ocurrió con Guarocuya y Mencía y cómo sus vidas quedaron unidas a la resistencia y a la memoria del pueblo taíno.


