El hombre de la sierra que convirtió a los andulleros en una fuerza decisiva en la Batalla de Santiago
Por: Frank Hernández
Frank0412.fh@gmail.com
Hay hombres que entran en la historia por haber ocupado un cargo, otros por haber pronunciado un discurso y algunos porque estuvieron en el lugar exacto cuando una nación se jugaba su existencia.
Fernando Valerio pertenece a estos últimos.
Su nombre está inseparablemente unido a la Batalla de Santiago del 30 de marzo de 1844, pero reducir su trayectoria a aquella jornada sería cometer una injusticia histórica.
Antes de convertirse en héroe de la independencia fue un hombre de la sierra, un agricultor, soldado y un oficial que aprendió el oficio de las armas durante los años de la ocupación haitiana. Después del 30 de marzo continuó sirviendo militarmente a la República durante años.
Su historia es, en cierto modo, la historia de una generación que pasó de vivir bajo distintos poderes políticos a defender la existencia de una nación propia.
Y en medio de aquella transformación apareció un arma que parecía pertenecer más al conuco que al campo de batalla: el machete.
Los primeros años de Fernando Valerio
Fernando Valerio nació en 1806, en Sabana Iglesia, en la región de Santiago, hijo de Narciso Valerio y Elena Gil. La documentación genealógica conservada por el Instituto Dominicano de Genealogía permite reconstruir parte de su entorno familiar y confirma además su matrimonio con Petronila Suriel Fernández.
Valerio perteneció a una generación nacida bajo la soberanía española, que posteriormente vivió la unificación política de la isla bajo el gobierno haitiano y finalmente participó en el nacimiento de la República Dominicana.
Aquellos cambios no fueron acontecimientos abstractos para los hombres de su tiempo. Significaban cambios de autoridades, leyes, ejércitos, símbolos y formas de vida.
En ese escenario, Fernando Valerio comenzó a formarse militarmente.
Durante la ocupación haitiana ingresó a la Infantería Cívica de Santiago. Entró como soldado raso y llegó a alcanzar el grado de capitán. Aquella experiencia le proporcionó algo que sería fundamental pocos años después: conocimiento del manejo de tropas, disciplina militar y experiencia en el terreno.
No era un militar formado en academias europeas, era un hombre de la tierra.
Y precisamente esa condición terminaría convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas.
El nacimiento de la República
El 27 de febrero de 1844 nació oficialmente la República Dominicana, pero proclamar la independencia no significaba haberla asegurado. El nuevo Estado tenía frente a sí la amenaza de una intervención militar haitiana destinada a recuperar el territorio que había dejado de controlar.
Después de la proclamación independentista, las autoridades haitianas organizaron operaciones militares contra la nueva República. En el sur, las fuerzas dominicanas enfrentaron al ejército de Charles Hérard en la Batalla de Azua, el 19 de marzo.
En el norte, el objetivo era Santiago.
El general Jean-Louis Pierrot avanzó hacia la región con una fuerza considerable. La defensa de Santiago quedó bajo la responsabilidad de José María Imbert, quien organizó posiciones defensivas y reunió a los hombres disponibles para impedir la entrada de las tropas haitianas.
Entre los hombres llamados a defender la ciudad estaba Fernando Valerio, pero Valerio no llegó solo con él, llegaron hombres de Sabana Iglesia vinculados a las labores agrícolas y a la producción de andullo, el tabaco prensado tradicional de la región. De ahí surgió el nombre con el que pasarían a la historia: los andulleros.
Eran campesinos
Hombres acostumbrados al trabajo de la tierra, no a las ceremonias militares.
Pero la patria acababa de convertirse en una realidad que había que defender.
El 30 de marzo de 1844
La mañana del 30 de marzo encontró a Santiago convertido en un escenario de guerra, la jerarquía militar dominicana había colocado tropas en diferentes puntos estratégicos de la ciudad. El informe rendido posteriormente por José María Imbert a la Junta Central Gubernativa identifica expresamente al capitán Fernando Valerio y a las compañías de Sabana Iglesia como parte de la avanzada ubicada en el cementerio.
La batalla comenzó alrededor del mediodía y se prolongó durante varias horas.
Las tropas haitianas avanzaron hacia las posiciones dominicanas después de cruzar el Yaque del Norte. La superioridad numérica del ejército invasor representaba un peligro enorme para una República que apenas tenía semanas de existencia.
Pero los dominicanos habían convertido la defensa de Santiago en una cuestión de supervivencia.
La artillería, los fusiles, las posiciones defensivas y los contraataques fueron utilizados para contener el avance.
Y entonces apareció Fernando Valerio.
El capitán estaba al frente de los hombres de Sabana Iglesia.
Cuando el combate llegó al enfrentamiento cuerpo a cuerpo, los dominicanos utilizaron lanzas y machetes contra las tropas haitianas. El propio informe de Imbert registra el contraataque de las fuerzas dominicanas con esas armas, mientras las tropas enemigas intentaban avanzar.
La acción de Valerio y sus hombres quedó convertida posteriormente en una de las imágenes más poderosas de aquella batalla: los campesinos de la sierra entrando al combate con el machete que en tiempos de paz servía para trabajar la tierra.
La llamada Carga de los Andulleros
La historia convirtió aquella acción en la célebre Carga de los Andulleros.
Pero detrás de la leyenda hubo hombres reales.
No eran personajes mitológicos. Eran agricultores, trabajadores y soldados improvisados por las circunstancias de una nación que acababa de nacer.
El machete tenía para ellos un significado particular. Era una herramienta cotidiana, familiar, conocida desde la infancia. En las manos de aquellos hombres dejó momentáneamente de ser instrumento de trabajo para convertirse en arma de defensa.
Ahí reside una de las mayores dimensiones simbólicas de Fernando Valerio.
El hombre que trabajaba la tierra terminó defendiendo la tierra.
El campesino se convirtió en soldado.
Y el machete del conuco pasó a formar parte de la memoria militar dominicana.
La acción de los andulleros fue una pieza importante dentro de un combate mucho más amplio.
La victoria no fue obra de un solo hombre. José María Imbert dirigió el dispositivo general de defensa y junto a él combatieron Pedro Eugenio Pelletier, Achille Michel, Francisco Antonio Salcedo, Ángel Reyes, José María López y numerosos oficiales y combatientes.
Sin embargo, la participación de Valerio fue suficientemente significativa para que su nombre quedara unido para siempre a aquella jornada.
Al caer la tarde, las fuerzas haitianas se retiraron.
La República había sobrevivido a uno de sus primeros grandes desafíos militares.
La victoria que convirtió a Valerio en símbolo
La Batalla de Santiago no fue simplemente otra batalla.
Para la joven República significó la posibilidad de consolidar el proyecto iniciado el 27 de febrero.
La independencia había sido proclamada en Santo Domingo, pero necesitaba ser defendida en cada rincón del territorio.
En ese sentido, el 30 de marzo fue una respuesta militar a una pregunta histórica: ¿podía sobrevivir la nueva República?
La respuesta se escribió en las trincheras de Santiago.
Y Fernando Valerio quedó entre los hombres que ayudaron a escribirla.
Su nombre, sin embargo, no desapareció después de la batalla.
Continuó vinculado a las operaciones militares de defensa de la República y mantuvo una carrera dentro de las estructuras militares del país.
Sabana Larga y los años posteriores
La guerra no terminó en 1844.
Durante los años siguientes continuaron los enfrentamientos fronterizos y las campañas militares entre ambos Estados.
Fernando Valerio siguió participando en la defensa nacional, su trayectoria lo llevó nuevamente al campo de batalla y aparece vinculado a las campañas militares posteriores, entre ellas la de Sabana Larga, librada el 24 de enero de 1856, una de las últimas grandes batallas de las guerras dominico-haitianas. La historiografía dominicana lo reconoce entre los militares destacados de aquellas campañas.
Para entonces ya no era simplemente aquel capitán que había llegado desde Sabana Iglesia con sus andulleros.
Era un oficial experimentado.
Un hombre que había pasado por diferentes etapas de la vida militar dominicana y que había ganado autoridad dentro del Cibao.
El comandante de armas de Santiago
El reconocimiento a su trayectoria llegó también desde las propias instituciones militares.
El 5 de enero de 1857, Fernando Valerio fue juramentado como comandante de Armas de Santiago. El nombramiento muestra hasta qué punto había crecido su importancia dentro de la estructura militar de la época, ya no estaba solamente en el campo de batalla.
Ahora tenía bajo su responsabilidad una de las principales ciudades del país, aquel ascenso resume una transformación extraordinaria: el hombre que años atrás había llegado con los campesinos de Sabana Iglesia para defender Santiago había terminado ocupando la posición de autoridad militar desde la cual se organizaba la seguridad de esa misma ciudad.
El hombre detrás del uniforme
La historia militar suele convertir a sus protagonistas en estatuas, pero antes que la estatua, Fernando Valerio fue hombre fue agricultor y estuvo profundamente ligado a la vida rural del Cibao.
Su matrimonio con Petronila Suriel Fernández forma parte de la documentación genealógica que permite conocer una dimensión familiar que muchas veces desaparece detrás del héroe militar.
El 30 de marzo no dirigió simplemente una unidad militar. Dirigió hombres que entendían que detrás de aquella batalla estaba su familia, su comunidad y la tierra donde habían construido sus vidas.
El verdadero significado del machete
Con el paso de los años, la imagen de Fernando Valerio quedó asociada al machete.
Pero el machete no fue su verdadera arma.
Su verdadera arma fue la capacidad de convertir el valor individual en acción colectiva.
Un machete en manos de un campesino podía ser solamente una herramienta.
En las manos de un grupo organizado podía convertirse en un instrumento de combate.
Y en la memoria de un pueblo terminó convirtiéndose en símbolo.
Eso explica por qué la figura de Valerio ha sobrevivido durante generaciones, porque representa algo que va más allá de una batalla, representa al ciudadano común que, cuando la historia lo coloca ante una decisión, abandona momentáneamente su vida cotidiana y asume una responsabilidad mayor.
La independencia no se construyó solamente en las reuniones políticas.
También se defendió en los caminos, en los campos, en las montañas y en las trincheras.
Y allí estuvieron hombres como Fernando Valerio.
El 30 de marzo de 1844 fue una jornada de fuego, pólvora, sangre, machetes y decisiones.
Pero también fue el momento en que hombres como Fernando Valerio demostraron que una nación recién proclamada podía defenderse.
La República había nacido el 27 de febrero.
En Santiago, el 30 de marzo, tuvo que demostrar que podía sobrevivir.
Y entre los hombres que estuvieron allí estaba Fernando Valerio.
Aquel hijo de la sierra que convirtió el machete del campesino en un arma de guerra terminó convirtiéndose, él mismo, en parte de la identidad militar de la República.
Su historia nos recuerda una verdad que muchas veces olvidamos:
Las naciones pueden nacer de una proclamación, pero solamente sobreviven cuando sus hijos están dispuestos a defenderlas.
Fernando Valerio fue uno de esos hombres.
Y por eso, casi dos siglos después, su nombre todavía camina junto al sonido de aquellos machetes que bajaron desde Sabana Iglesia hacia Santiago.


