Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
El 30 de mayo de 1961, con el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, la República Dominicana entró en una de las etapas más dramáticas y convulsas de su historia contemporánea. La muerte del hombre que había gobernado el país durante más de tres décadas no significó, sin embargo, el derrumbe inmediato de su estructura de poder. Por el contrario, sus familiares y colaboradores más cercanos intentaron conservar el control del aparato militar y político, en medio de una profunda incertidumbre nacional.
Entre las primeras figuras militares perseguidas estuvo el general José René —Pupo— Román Fernández, entonces secretario de Estado de las Fuerzas Armadas. Su posición resultaba particularmente delicada porque pertenecía al reducido círculo de oficiales que conocían los movimientos conspirativos que desembocaron en el ajusticiamiento de Trujillo. Después de la muerte del dictador, su hijo, el general Rafael Leónidas Trujillo Martínez, conocido como Ramfis, asumió el control efectivo de importantes sectores del aparato militar y ordenó actuar contra quienes consideraba vinculados a la conspiración.
De acuerdo con los relatos históricos, Ramfis Trujillo instruyó a su tío Luis —Nene— Trujillo para que hiciera llegar a Pupo Román una invitación a presentarse en el despacho del jefe del Estado Mayor Conjunto, en la entonces Fuerza Aérea Dominicana. La aparente formalidad de aquella convocatoria escondía una decisión mucho más grave. Pupo Román acudió al lugar y, una vez allí, fue detenido junto con su chofer, García. Lo que pudo parecer inicialmente un arresto militar terminó convirtiéndose en uno de los episodios más crueles de la represión desatada después del ajusticiamiento.
Uno de los momentos más dolorosos de aquella jornada estuvo relacionado con su hijo, José René Román. Según los testimonios sobre aquellos acontecimientos, fue desarmado y separado de su padre. Aquella separación tendría un carácter definitivo, pues José René vería a Pupo Román por última vez. El general sería posteriormente sometido a interrogatorios y torturas, en un proceso de violencia que terminaría provocándole la muerte. Su caso quedó como símbolo de la persecución emprendida contra algunos de los militares considerados enemigos o traidores por el entorno de la familia Trujillo.
La historia de Pupo Román no puede comprenderse únicamente como la de un militar detenido después del ajusticiamiento. Su figura quedó atrapada en el laberinto político y militar de los últimos días de la dictadura. La muerte de Trujillo abrió una lucha por el control del Estado, y quienes habían participado, conocido o sospechado de la conspiración quedaron expuestos a la venganza de quienes todavía conservaban las armas y el poder. En esas horas, las instituciones militares dejaron de ser simples instrumentos del Estado para convertirse también en escenarios de persecución, interrogatorios y represalias.
En relación con la fotografía difundida por Raifi Genao, en la que aparecen tres hombres que se presume podrían corresponder al chofer y a dos guardaespaldas vinculados a Pupo Román, conviene mantener cierta prudencia histórica. La identificación de personas en fotografías antiguas requiere comprobar su procedencia, fecha, contexto y testimonios que permitan establecer con seguridad quiénes aparecen en ella. Por ello, mientras no exista una fuente documental que confirme sus identidades, lo correcto es presentarlos como personas que presuntamente eran el chofer y dos guardaespaldas de Pupo Román, y no como una identificación definitiva.
La tragedia de Pupo Román forma parte de la memoria más dolorosa de la transición dominicana de 1961. El ajusticiamiento de Trujillo no cerró inmediatamente la era de violencia; por el contrario, abrió un período de persecuciones, incertidumbre y lucha por el poder. Recordar estos acontecimientos con rigor no significa justificar a unos ni condenar sin contexto a otros: significa reconstruir la historia con documentos, testimonios y prudencia. Porque una nación que conoce las circunstancias que rodearon sus grandes tragedias está mejor preparada para defender la democracia y evitar que los excesos del poder vuelvan a convertirse en instrumentos de venganza.


