Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Doña Adela, la madre de Marcelino, era mucho más que la madre de nuestro amigo: se convirtió en una persona más dentro de nosotros, alguien que compartía nuestras conversaciones, nuestras ocurrencias y aquellas vivencias que, con el paso del tiempo, terminaron convirtiéndose en recuerdos inolvidables. Ella me quería muchísimo y disfrutaba cada una de las historias que compartíamos, hasta el punto de decirme en una ocasión: “Tú puedes escribir una novela de Marcelino”.
Yo le respondí que no me sentía preparado para escribir una novela, porque consideraba que no tenía los conocimientos necesarios para asumir una obra de esa magnitud. Aunque estudiaba Comunicación Social, todavía no me veía como novelista. Sin embargo, aquellas palabras de Doña Adela se quedaron en mi memoria, porque ella parecía comprender que las aventuras y experiencias que rodeaban a Marcelino tenían suficiente material para convertirse algún día en una historia.
Doña Adela era una mujer que observaba nuestras vidas con una mezcla de cariño, curiosidad y complicidad. Ella conocía muchas de nuestras ocurrencias y, lejos de rechazarlas, las disfrutaba. Su presencia hacía que aquellas experiencias fueran todavía más especiales, porque teníamos la confianza de conversar con ella y contarle nuestras cosas como si fuera una compañera más de aquella etapa de nuestras vidas.
Pero hubo un episodio particularmente fuerte que marcaría un antes y un después en la vida de Marcelino. Por razones que todavía recuerdo de manera general, Marcelino tuvo una diferencia con su padre. La discusión subió de tono y su padre se fue contra él. Marcelino, que tenía conocimientos de artes marciales, logró bloquear la agresión y, en medio del forcejeo, su padre terminó cayendo en la calle, cerca de los contenes donde había agua sucia.
Aquella caída, lejos de poner fin al conflicto, provocó una reacción de venganza. En ese momento, en el lugar se encontraba una obra que Marcelino había realizado: el cuadro de aquella joven elegante del relato anterior, una pintura que estaba colocada en el caballete. Para nosotros no era simplemente un cuadro; era una obra que representaba muchas horas de trabajo, creatividad y dedicación.
Su padre tomó entonces un cuchillo y, llevado por la ira, rasgó la pintura formando una especie de cruz sobre el lienzo. La escena debió ser dolorosa para Marcelino, porque una obra de arte no solamente tiene un valor material: también contiene parte de quien la creó. Ver aquella pintura destruida de esa manera era como contemplar el resultado de un esfuerzo convertido en pedazos.
Después de aquel incidente me tocó reparar la obra. Con paciencia fui trabajando sobre el lienzo hasta conseguir que recuperara buena parte de su aspecto original. No fue una tarea sencilla, pero finalmente logramos restaurarla. Y, como éramos jóvenes y teníamos esa manera particular de enfrentar las situaciones difíciles con humor, hicimos algo que hoy puede parecer una verdadera provocación.
Una vez reparado el cuadro, pasamos deliberadamente por el lado del padre de Marcelino para que pudiera verlo. Queríamos que se diera cuenta de que, a pesar de haberlo rasgado con un cuchillo, nosotros habíamos conseguido arreglarlo. Había en aquella acción una mezcla de orgullo, desafío y hasta cierta dosis de malicia juvenil. No necesitábamos decir demasiado; bastaba con que viera la pintura nuevamente en condiciones.
Aquel episodio tuvo consecuencias importantes para Marcelino. La relación con su padre quedó afectada y aquella situación terminó siendo uno de los motivos que lo llevaron a tomar la decisión de vivir junto a Billy y quien suscribe. Así comenzó una etapa diferente, en la que los tres compartiríamos no solamente un espacio, sino también una cantidad de experiencias que, con los años, se convertirían en historias dignas de ser contadas.
Cuando recuerdo aquellas vivencias y pienso en las palabras de Doña Adela —“Tú puedes escribir una novela de Marcelino”— comprendo que quizás ella tenía razón. Tal vez no se necesitaba solamente conocimiento literario para contar aquella historia, sino haber vivido aquellos momentos, haber conocido a sus protagonistas y haber sentido de cerca las alegrías, los conflictos, las bromas y hasta los momentos difíciles. Doña Adela lo entendió antes que yo, y por eso sus palabras permanecen como una invitación a convertir aquellos recuerdos en una novela de vida, amistad y aventuras.


