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Las fracturas del PRD y sus herederos: una lección histórica que el PRM no debe ignorar de cara al 2028

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Desde 1939, cuando se fundó el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en el exilio, la organización que durante décadas representó las aspiraciones democráticas de amplios sectores del pueblo dominicano ha atravesado un prolongado proceso de divisiones, desprendimientos y fracturas internas. Aquella organización que llegó a convertirse en una de las principales fuerzas políticas del país ha visto cómo sus divisiones históricas fueron debilitando su estructura hasta reducir su protagonismo en el escenario político nacional.

En 1973, el profesor Juan Bosch, después de profundas diferencias ideológicas y organizativas con la dirección del PRD, decidió abandonar esa organización y fundar el Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Bosch consideraba que el PRD había cumplido su misión histórica y que era necesario construir una organización política con mayor disciplina, formación ideológica y vocación de poder. Aquel acontecimiento marcó uno de los desprendimientos más trascendentales de la historia partidaria dominicana.

Con el paso de los años, el PRD y su principal desprendimiento, el PLD, terminaron convirtiéndose en dos grandes protagonistas de la política nacional. Sin embargo, la historia volvió a repetirse: las contradicciones internas, las aspiraciones personales y las disputas por el liderazgo produjeron nuevas divisiones. De las entrañas del PRD nació el Partido Revolucionario Moderno (PRM), mientras que de las filas del PLD surgió la Fuerza del Pueblo (FP), encabezada por Leonel Fernández.

Estamos, por tanto, ante una realidad histórica interesante: dos organizaciones políticas que nacieron de una misma raíz terminaron generando nuevos partidos que hoy ocupan posiciones diferentes en el escenario nacional. El PRM está en el Gobierno y la Fuerza del Pueblo se encuentra en la oposición, mientras el PRD y el PLD intentan conservar espacios de representación política. Esta genealogía partidaria demuestra que las divisiones no siempre destruyen inmediatamente a una organización, pero sí pueden transformar profundamente su peso electoral y su capacidad de gobernar.

La experiencia política dominicana de las últimas cinco décadas deja una enseñanza importante: cuando las organizaciones que ejercen el poder permiten que sus dirigentes conviertan las diferencias internas en enfrentamientos irreconciliables, terminan debilitando su propia capacidad de mantenerse en el Gobierno. El electorado observa, evalúa y, cuando entiende que los intereses particulares están por encima de las necesidades nacionales, puede expresar su descontento en las urnas. La división interna no necesariamente explica por sí sola una derrota electoral, pero constituye un factor de riesgo que ningún partido responsable debe subestimar.

Por esa razón, los jóvenes dirigentes que hoy tienen responsabilidades en el PRM deben estudiar con seriedad estos acontecimientos. La historia del PRD y del PLD no debe verse simplemente como una sucesión de nombres, siglas y candidaturas, sino como un proceso político del cual pueden extraerse importantes lecciones. La competencia por la candidatura presidencial debe desarrollarse dentro de las reglas democráticas, sin convertir las aspiraciones legítimas de unos compañeros en enemistades personales con los demás.

Una vez concluida la convención y escogido el candidato presidencial, el PRM debe cerrar el capítulo de las disputas internas y abrir una nueva etapa de integración, respeto y trabajo colectivo. Quienes resulten vencedores tendrán la responsabilidad de incorporar a quienes no lograron la nominación, y estos últimos deberán comprender que la democracia interna no termina con el conteo de los votos. La unidad no puede ser solamente un discurso pronunciado después de una convención; debe convertirse en una práctica política sustentada en la participación y el reconocimiento de todos los sectores.

El PRM tiene ante sí una responsabilidad histórica de cara a las elecciones de 2028. No debe permitir que las ambiciones individuales, las diferencias de grupos o las rivalidades entre aspirantes reproduzcan los mismos errores que terminaron debilitando a sus organizaciones antecesoras. Como dice el refrán popular, cuando se tira de una misma soga en una sola dirección, la fuerza colectiva es mayor. El desafío es que, después de escoger su candidatura presidencial, todos los sectores del partido caminen juntos, porque la historia ha demostrado que las fracturas pueden convertir a una organización poderosa en una simple sigla. El PRM debe aprender de su pasado para no convertirse mañana en otra víctima de su propia historia.

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