Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO. RD.-
El odfelismo en la República Dominicana tiene una historia que merece ser recordada, no solamente por su antigüedad, sino también por los principios morales, fraternales y sociales que está llamado a representar. Aunque fue fundado en el país en el año 1885, tuvieron que transcurrir 81 años para que las logias dominicanas alcanzaran un paso trascendental en su organización institucional: el establecimiento de su propia jurisdicción nacional, el 20 de octubre de 1966, mediante la creación de un Comité Administrativo.
La creación del Comité Administrativo para la República Dominicana constituyó un acontecimiento de gran importancia para el desarrollo y la consolidación del odfelismo nacional. A partir de ese momento, las logias del país contaron con una estructura administrativa propia, destinada a fortalecer la organización, coordinar los trabajos y contribuir al cumplimiento de los objetivos de la institución. Esta conquista representó el resultado de una trayectoria histórica que exigía mayor integración, responsabilidad y capacidad de dirección dentro del territorio dominicano.
Es importante señalar que el Comité Administrativo para la República Dominicana desempeña la función de órgano ejecutivo nacional, sujeto a la jurisdicción de la matriz internacional, cuya sede se encuentra en Inglaterra. Desde esa posición, tiene la responsabilidad de coordinar las actividades de las distintas logias distribuidas por todo el territorio nacional, procurando que sus trabajos se desarrollen de acuerdo con las normas, los principios y los objetivos que sustentan la institución. Su papel, por tanto, no debe limitarse a la administración, sino que también debe contribuir al fortalecimiento moral y fraternal de sus integrantes.
Sin embargo, cuando se habla de una institución que proclama valores como la fraternidad, la honestidad, la rectitud, la solidaridad y el respeto, resulta indispensable reflexionar sobre la relación que existe entre las palabras y las acciones. No basta con pronunciar discursos hermosos ni con repetir principios que, por su naturaleza, deberían orientar nuestra conducta cotidiana. La verdadera dimensión de una organización se manifiesta en el comportamiento de sus miembros, en la manera en que resuelven sus diferencias y en la disposición que muestran para actuar conforme a los ideales que dicen defender.
En ocasiones, podemos convertirnos en excelentes oradores cuando nos corresponde hablar de moral, disciplina y buenas costumbres; sin embargo, esas palabras pierden su valor cuando nuestras actuaciones contradicen lo que proclamamos públicamente. ¿De qué sirve hablar de fraternidad si nuestras acciones están marcadas por la indiferencia? ¿Qué sentido tiene defender la honestidad si no somos capaces de actuar con transparencia? ¿Cómo podemos exigir respeto a los demás si nosotros mismos no estamos dispuestos a practicarlo? Estas preguntas deben servirnos como punto de partida para una reflexión sincera sobre nuestra responsabilidad individual y colectiva.
El odfelismo no puede medirse únicamente por la cantidad de logias existentes, por los años de historia acumulados o por la celebración de actos solemnes. Su grandeza también debe evaluarse por la calidad humana de sus integrantes, por la conducta de quienes ejercen funciones de dirección y por la capacidad de la institución para convertir sus enseñanzas en ejemplos concretos. Una organización fraternal adquiere verdadera autoridad moral cuando sus miembros demuestran, con hechos, que los principios aprendidos dentro de sus templos también tienen aplicación en la vida familiar, profesional y social.
Por esa razón, quienes tenemos el privilegio de pertenecer a esta institución debemos comprender que representar al odfelismo implica una responsabilidad que va mucho más allá de ocupar un cargo o participar en una ceremonia. Cada palabra que pronunciamos y cada decisión que tomamos contribuyen a fortalecer o debilitar la imagen de nuestra organización. Los dirigentes, en particular, están llamados a actuar con prudencia, humildad, equidad y transparencia, porque el liderazgo no se demuestra imponiendo criterios ni exigiendo obediencia, sino inspirando confianza y ofreciendo un ejemplo digno de ser seguido por los demás.
Al conmemorarse un aniversario más de aquella fecha histórica del 20 de octubre de 1966, cuando las logias dominicanas establecieron su propia jurisdicción mediante un Comité Administrativo, corresponde reconocer el camino recorrido y, al mismo tiempo, examinar con espíritu crítico los desafíos que todavía tenemos por delante. La historia debe servirnos para aprender, corregir errores y renovar nuestros compromisos. Recordemos siempre que nuestros discursos públicos deben guardar coherencia con nuestras actuaciones, porque no podemos predicar el bien y practicar el mal sin debilitar la credibilidad de aquello que representamos. El verdadero odfelista no es solamente quien conoce los principios de la institución, sino quien los convierte en una forma de vida. Esa es la mejor manera de honrar nuestra historia y garantizar que el legado recibido continúe siendo digno de las futuras generaciones.


