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Cuba: 70 años de revolución, dependencia y escasez… mientras el pueblo sigue pagando la cuenta

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Durante más de siete décadas, Cuba ha vivido bajo un sistema político de partido único que ha limitado severamente el pluralismo político y las libertades democráticas. Desde la llegada de Fidel Castro al poder en 1959, varias generaciones de cubanos han crecido sin experimentar una alternancia democrática en el gobierno. Para una parte importante de la población, la democracia representativa, la competencia entre partidos y la posibilidad de cambiar pacíficamente a sus gobernantes mediante elecciones libres han sido conceptos conocidos principalmente a través de referencias externas.

La historia económica de Cuba también ha estado marcada por diferentes formas de dependencia. Durante los últimos años del gobierno de Fulgencio Batista, antes de la Revolución de 1959, el país tenía una economía estrechamente vinculada al turismo, la inversión extranjera y, particularmente, a los negocios relacionados con los casinos y el juego de azar. La Habana era entonces un importante destino turístico del Caribe, aunque aquella realidad coexistía con profundas desigualdades sociales, corrupción y problemas políticos que alimentaron el descontento que posteriormente desembocaría en la Revolución.

Con la llegada de Fidel Castro y la transformación del sistema económico cubano, el modelo cambió radicalmente. Las propiedades privadas fueron nacionalizadas, gran parte de la actividad económica pasó a manos del Estado y Cuba estrechó sus relaciones con la Unión Soviética. Moscú se convirtió en el principal sostén económico, comercial y energético de la isla, comprando productos cubanos y suministrándole petróleo, alimentos, maquinaria y otros bienes en condiciones que permitieron al gobierno mantener durante décadas un modelo económico altamente centralizado.

Durante ese período, Cuba pudo sostener buena parte de su estructura económica gracias a la relación privilegiada con la Unión Soviética. El sistema cubano dependía considerablemente de ese respaldo externo, mientras el gobierno presentaba la alianza con Moscú como una expresión de solidaridad entre países socialistas y como una barrera frente a la política de Estados Unidos. Sin embargo, esa dependencia también significaba que la economía cubana tenía dificultades para funcionar de manera autónoma y generar por sí misma los recursos suficientes para mantener su nivel de actividad.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 provocó una de las mayores crisis económicas de la historia reciente de Cuba. El país perdió de manera abrupta a su principal socio comercial y fuente de asistencia económica, lo que dio inicio al llamado Período Especial. La escasez de combustible, alimentos, transporte y otros productos esenciales golpeó duramente a la población. Aquella crisis demostró hasta qué punto la economía cubana estaba vinculada a la ayuda y al intercambio preferencial con el bloque soviético.

Con el paso de los años, Venezuela ocupó parcialmente el lugar que había dejado la Unión Soviética. La estrecha relación entre los gobiernos de Hugo Chávez y Fidel Castro permitió a Cuba recibir petróleo venezolano en condiciones favorables, mientras profesionales cubanos, especialmente en áreas como la medicina, prestaban servicios en Venezuela y otros acuerdos fortalecían la relación entre ambos países. De esta manera, la economía cubana volvió a encontrar un importante respaldo externo que le permitió aliviar algunas de sus dificultades estructurales.

Pero la dependencia de un nuevo aliado tampoco resolvió los problemas fundamentales de la economía cubana. Cuando Venezuela comenzó a enfrentar una profunda crisis económica y una reducción de su capacidad para sostener la cooperación con la isla, Cuba volvió a experimentar fuertes dificultades. La escasez de combustible, los problemas del sistema eléctrico, la falta de productos básicos y la pérdida del poder adquisitivo de los ciudadanos evidenciaron nuevamente la fragilidad de un modelo que no había logrado construir una economía suficientemente productiva y diversificada.

A esta situación se suman las dificultades derivadas del prolongado enfrentamiento entre Cuba y Estados Unidos. El embargo estadounidense constituye un factor importante que afecta a la economía cubana y limita determinadas posibilidades comerciales y financieras. Sin embargo, atribuir todas las dificultades de la isla exclusivamente a las sanciones estadounidenses resulta insuficiente para explicar la realidad cubana. También deben considerarse las deficiencias internas, la baja productividad, la excesiva centralización, la falta de incentivos económicos y las restricciones que durante décadas han limitado la iniciativa privada.

Mientras el gobierno cubano mantiene buena parte de su discurso político alrededor de la confrontación ideológica con Estados Unidos, millones de cubanos enfrentan problemas concretos de la vida cotidiana. Conseguir alimentos, medicamentos, combustible y otros productos esenciales se ha convertido para muchas familias en una preocupación permanente. El ciudadano común no vive la política internacional como una discusión ideológica, sino como una realidad que se refleja en las largas colas, los apagones, la escasez y la pérdida de capacidad para satisfacer necesidades básicas.

La contradicción resulta evidente: mientras el oficialismo insiste en presentar el conflicto con Estados Unidos como uno de los principales obstáculos para el desarrollo nacional, una parte creciente de la sociedad reclama soluciones a problemas internos que requieren reformas profundas. El pueblo necesita una economía capaz de producir, generar empleos, atraer inversiones, estimular la iniciativa individual y garantizar bienes y servicios suficientes. Ningún país puede depender indefinidamente de la ayuda de una potencia extranjera para sostener su funcionamiento cotidiano.

Cuba necesita, por tanto, mirar más allá de la confrontación ideológica y enfrentar las causas estructurales de su crisis. Esto no significa ignorar el impacto del embargo estadounidense ni las dificultades externas, sino reconocer que también existen responsabilidades internas. La sostenibilidad económica requiere instituciones eficientes, mayor apertura productiva, seguridad jurídica, estímulos al emprendimiento y un marco político que permita a los ciudadanos participar de manera efectiva en las decisiones que determinan su futuro.

Después de más de setenta años de profundas transformaciones políticas y económicas, el gran desafío de Cuba continúa siendo construir un país capaz de sostenerse con sus propios recursos y ofrecer mejores condiciones de vida a su población. La historia reciente demuestra que depender primero de la Unión Soviética y posteriormente de Venezuela no resolvió los problemas de fondo. Mientras el debate oficial continúa concentrado en la confrontación con Washington, el pueblo cubano sigue esperando algo mucho más sencillo y urgente: poder vivir con dignidad, trabajar, prosperar, expresarse libremente y disponer de los bienes necesarios para una vida normal.

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