Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Cuando Nicolás de Ovando trasladó en 1502 la ciudad de Santo Domingo hacia la margen occidental del río Ozama, comenzó un proceso de organización urbana que incluyó, entre otros aspectos fundamentales, la construcción de sistemas para manejar las aguas pluviales. La planificación de aquella nueva ciudad respondió a las necesidades de una población que debía convivir con las lluvias tropicales y las características del terreno.
Una de las grandes lecciones de aquella planificación histórica es que las obras de drenaje pluvial requieren visión de futuro. Muchas de esas estructuras fueron concebidas para responder a las condiciones de la época, pero algunas de sus soluciones han permanecido durante siglos como parte del patrimonio urbano de la Ciudad Colonial. Esto demuestra que una infraestructura que no necesariamente es visible puede tener una enorme importancia para la vida cotidiana de una ciudad.
Un ejemplo significativo ocurrió durante las intensas lluvias de noviembre de 2022, episodio que popularmente fue denominado el “Diluvio de la Capital”. Mientras numerosos sectores del Distrito Nacional sufrieron inundaciones y grandes acumulaciones de agua, la Ciudad Colonial presentó un comportamiento diferente, y fue señalada como una de las zonas que no sufrió las inundaciones que afectaron a otras áreas de la capital.
El contraste obliga a mirar el drenaje pluvial como una inversión estratégica y no simplemente como una obra secundaria. Una calle bonita, una acera nueva o un parque pueden ser fácilmente apreciados por los ciudadanos, mientras que una red de drenaje permanece debajo del pavimento y prácticamente nadie la observa. Sin embargo, cuando llega una lluvia intensa, es precisamente esa infraestructura invisible la que puede determinar si una comunidad continúa funcionando normalmente o queda bajo las aguas.
En Santo Domingo Este también existe una experiencia que merece ser tomada en cuenta. El Ensanche Ozama cuenta con una infraestructura de drenaje pluvial que históricamente ha contribuido a manejar las aguas de lluvia en ese sector. Su existencia demuestra que la planificación urbana y la construcción de sistemas adecuados pueden marcar una diferencia importante frente a los efectos de las precipitaciones.
A esto se suma el trabajo preventivo que, de acuerdo con lo observado en la demarcación, ha venido realizando el Ayuntamiento de Santo Domingo Este, a través de su Departamento de Ingeniería y Obras, con la limpieza y mantenimiento de imbornales. Estas labores, aunque muchas veces pasan desapercibidas, son fundamentales para mantener despejados los puntos de captación y permitir que el agua pueda entrar al sistema de drenaje.
La prevención tiene un valor especial en una ciudad como Santo Domingo Este, donde el crecimiento urbano ha sido considerable y donde existen sectores con diferentes características topográficas y de infraestructura. No basta con actuar cuando las calles ya están inundadas; es necesario identificar los puntos críticos, mantener los sistemas existentes y planificar nuevas soluciones antes de que ocurran las emergencias.
En ocasiones he escuchado a políticos y funcionarios afirmar que no es posible invertir suficientemente en drenaje pluvial porque se trata de obras demasiado costosas. Es cierto que construir una red moderna de drenaje puede requerir importantes recursos económicos y estudios técnicos, pero también habría que calcular cuánto le cuesta a la ciudad no tenerla: viviendas afectadas, vehículos dañados, negocios paralizados, calles deterioradas, pérdidas económicas y riesgos para la población.
Existe además un problema de cultura política y de percepción ciudadana. Una obra que se construye debajo de la tierra no produce la misma visibilidad que una avenida asfaltada, un parque inaugurado o un edificio público. El drenaje pluvial no siempre permite colocar una gran placa o realizar un acto de inauguración que quede a la vista de todos, pero cuando funciona correctamente beneficia a miles de personas que quizá ni siquiera sepan que existe.
Por eso considero que debemos cambiar nuestra manera de pensar sobre las obras públicas. Una ciudad moderna no puede medir sus inversiones únicamente por lo que puede verse desde la superficie. El drenaje pluvial, aunque sea una infraestructura invisible, forma parte de las obras que protegen el patrimonio, la economía y la seguridad de los ciudadanos. Santo Domingo necesita continuar creciendo, pero ese crecimiento debe estar acompañado de planificación, estudios técnicos y una visión de largo plazo que permita construir hoy las infraestructuras que la ciudad necesitará mañana.


