Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO ESTE, RD.-
Cuando los políticos se convierten en candidatos, suelen aparecer las grandes promesas, los discursos encendidos y las soluciones para todos los problemas. En campaña se ofrecen villas y castillas, se habla de transformar comunidades, mejorar los servicios públicos, crear oportunidades y construir un futuro diferente. Sin embargo, la pregunta que debe hacerse el ciudadano es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más profunda: ¿qué hizo ese candidato por su pueblo cuando tuvo la oportunidad de ejercer una función pública? Porque gobernar no comienza el día de las elecciones; la verdadera carta de presentación de un político está en las acciones que ha realizado antes de pedir nuevamente la confianza del pueblo.
Resulta preocupante que algunos aspirantes dediquen buena parte de su tiempo a atacar lo que consideran la debilidad del candidato opositor, en lugar de explicar con claridad cuáles son sus propias propuestas. Una campaña política no debería convertirse exclusivamente en un concurso de descalificaciones, comparaciones y ataques personales. El ciudadano necesita escuchar soluciones concretas: cómo se enfrentará la inseguridad, qué hará con la basura, cómo mejorará el transporte, qué planes tiene para la educación, la salud, el empleo, los espacios públicos y tantos otros problemas que afectan diariamente a la población. Decir simplemente “cuando llegue lo mejoraré” puede sonar bien en un discurso, pero ya no resulta suficiente para un pueblo que quiere respuestas y resultados.
El político que aspira a dirigir los destinos de una comunidad debe entender que su pasado administrativo forma parte inseparable de su candidatura. Si ha ocupado posiciones públicas anteriormente, tiene que presentar su hoja de servicio y explicar qué encontró, qué hizo, qué transformó y qué resultados dejó. No se trata únicamente de enumerar cargos ocupados ni de exhibir fotografías junto a funcionarios importantes; se trata de demostrar que durante su paso por cada institución dejó una huella positiva. El buen funcionario no necesita inventar una historia para convertirse en buen candidato, porque su propia trayectoria habla por él.
También es necesario que los electores aprendan a distinguir entre una promesa electoral y una propuesta seria de gobierno. Una promesa puede ser una frase bonita pronunciada desde una tarima, mientras que una propuesta responsable debe explicar el problema, establecer prioridades, identificar los recursos disponibles y señalar cómo se alcanzará el resultado esperado. Por eso, quien aspire a gobernar debe llegar ante la ciudadanía con algo más que consignas: debe presentar ideas viables, proyectos definidos y mecanismos concretos para resolver los problemas que durante años han afectado a la población.
La política tampoco debería reducirse a demostrar que el adversario es malo para gobernar. Si un candidato considera que su oponente representa una mala opción, tiene todo el derecho de explicarlo, pero inmediatamente después debe demostrar por qué él constituye una alternativa mejor. La diferencia debe establecerse mediante hechos, experiencia, capacidad y propuestas. El pueblo no solamente quiere saber qué está mal, porque muchas veces ya conoce sus problemas; quiere saber cómo se van a solucionar. Ahí es donde se mide la verdadera capacidad de un aspirante a ocupar una función pública.
Por eso, cada candidato debería someterse a una especie de examen ciudadano antes de pedir el voto. ¿Qué hizo cuando fue funcionario? ¿Qué obras impulsó? ¿Qué instituciones mejoró? ¿Qué problemas logró resolver? ¿Cómo manejó los recursos públicos? ¿Qué resultados obtuvo? Y, sobre todo, ¿qué puede demostrar de su gestión? Las respuestas a estas preguntas tienen mucho más valor que cualquier discurso de campaña. Porque el candidato que ha tenido responsabilidades públicas y ha dejado resultados positivos llega a la contienda con una ventaja importante: no necesita prometer que será bueno; puede demostrar que ya lo fue.
Finalmente, el buen candidato es aquel que comprende que la política debe ser un compromiso permanente con la gente y no una actividad que solamente adquiere importancia cuando se acercan las elecciones. Las comunidades necesitan dirigentes que construyan soluciones, no políticos que vivan de señalar culpables. El verdadero liderazgo deja huellas dondequiera que pasa: en una institución, en un municipio, en una comunidad o en un proyecto de gobierno. Por eso, cuando llegue nuevamente el momento de escoger, el ciudadano debería mirar menos las promesas y mucho más las huellas. Porque quien ha trabajado por su pueblo cuando no necesitaba votos tiene mayores posibilidades de seguir trabajando por él cuando los votos sean precisamente lo que necesita.


