Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
A mediados de los años ochenta, Marcelino era un joven inquieto, apasionado por el arte y con una enorme vocación creativa. Estudiaba pintura y arte en Bellas Artes, mientras cursaba publicidad en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Su formación artística le había permitido desarrollar una sensibilidad especial para las formas, los colores y las ideas, cualidades que posteriormente serían muy importantes en su vida profesional. Era de esos jóvenes que siempre estaban buscando una manera diferente de expresar lo que pensaban y sentían, y esa capacidad creativa no tardó en abrirle las puertas del mundo de la publicidad.
Por su talento y creatividad, Marcelino consiguió trabajo en una de las agencias publicitarias más conocidas de aquella época: RETO. Para un joven que venía de estudiar arte y publicidad, aquello representaba una gran oportunidad. Allí podía poner en práctica sus conocimientos, rodearse de personas vinculadas a la comunicación y desarrollar su imaginación en un ambiente profesional. Marcelino disfrutaba aquel mundo porque combinaba varias de sus pasiones: el dibujo, la pintura, las ideas, la comunicación y la posibilidad de transformar una ocurrencia en una pieza publicitaria capaz de llamar la atención del público.
Fue precisamente durante esa etapa cuando conoció a una joven muy bella y elegante. Marcelino quedó impresionado por su personalidad y por aquella presencia que, según recuerdo, no pasaba desapercibida. Como buen artista, no se limitó solamente a admirar su belleza, sino que decidió plasmarla en un lienzo. Le hizo una pintura, dejando en ella una parte de aquella admiración que había despertado en él. Entre ambos nació un corto romance que, aunque no duró mucho tiempo, quedó registrado en la memoria de Marcelino y de quienes estábamos cerca de él en aquellos días.
Pero Marcelino tenía una característica que lo distinguía: era un hombre que procuraba actuar con honestidad, incluso cuando esa honestidad podía causarle problemas sentimentales. En un momento determinado decidió decirle a la joven la verdad: no podían continuar con aquella relación porque él tenía novia. Lo curioso y doloroso de aquella situación era que precisamente esa novia era la misma que lo había dejado, la protagonista de la historia que contamos en el capítulo anterior. Marcelino, sin embargo, se mantenía aferrado a la esperanza de recuperar aquella relación y consideraba que no era correcto continuar con otra mujer mientras todavía existía ese vínculo sentimental en su corazón.
Con esa sinceridad que lo caracterizaba, Marcelino citó a la joven en la vivienda donde estábamos nosotros tres: Marcelino, Billy y yo. Él esperaba conversar con ella y probablemente cerrar aquella historia de una manera tranquila. Pero mientras aguardábamos su llegada, Billy y yo comenzamos a pensar en una de esas bromas que, cuando se recuerdan muchos años después, parecen más divertidas de lo que fueron en el momento. Nosotros sabíamos que Marcelino estaba emocionalmente comprometido con la situación y, precisamente por eso, decidimos jugarle una pequeña travesura.
Mientras esperaba, Marcelino decidió ponerse sus mejores galas. Quería recibir a Cecilia con una apariencia impecable y escogió una chacabana azul oscuro, elegante y apropiada para la ocasión. Aquella escena todavía resulta curiosa de recordar: Marcelino bien vestido, pendiente de la llegada de la joven, mientras Billy y yo intercambiábamos miradas y preparábamos nuestra broma. Él estaba completamente ajeno a lo que estábamos tramando y esperaba que en cualquier momento sonara el timbre de la puerta.
Entonces le dije a Billy que tocara el timbre y, cuando Marcelino preguntara quién era, le dijera que Cecilia estaba en la puerta. Billy siguió las instrucciones. Tocó el timbre y anunció que Cecilia había llegado. Marcelino, emocionado y seguramente con el corazón acelerado, se levantó rápidamente para abrir la puerta. Caminó hacia ella con la ilusión de encontrarse con aquella joven que esperaba desde hacía algún tiempo. Sin embargo, cuando abrió, no había nadie. Cecilia nunca apareció porque, en realidad, todo aquello era una broma que Billy y yo habíamos preparado.
La reacción de Marcelino fue completamente distinta a la que esperábamos. En lugar de tomarlo inmediatamente con humor, se quedó profundamente dolido. La situación tenía un componente emocional que nosotros quizá no habíamos calculado: Marcelino estaba esperando a una persona que ya venía afectada por lo ocurrido entre ambos, y ahora él mismo se encontraba frente a una puerta vacía. Poco a poco, la tensión se transformó en risas y terminamos riéndonos a carcajadas.
Todos reíamos, menos Marcelino. Nos miraba entre sorprendido, indignado y herido, mientras nosotros no podíamos contener la risa por la ocurrencia que acabábamos de hacerle. Entonces, con aquella manera tan particular que tenía de expresar sus sentimientos, nos lanzó una frase que todavía recuerdo perfectamente. Mirándonos, dijo textualmente: “Ustedes se atreven a matarme del corazón”. Aquella expresión resumía en pocas palabras el susto, la decepción y el disgusto que le habíamos provocado.
Con los años, aquella escena quedó como una de esas historias que sobreviven al paso del tiempo porque forman parte de una etapa de juventud, amistad y muchas ocurrencias. Marcelino era entonces un joven artista y publicista que buscaba abrirse camino, mientras nosotros compartíamos con él una vida llena de experiencias, noches de conversación, trabajo y bromas. La historia también muestra una faceta importante de su personalidad: aunque cometía errores como cualquiera, trataba de conducirse con honestidad y de respetar sus compromisos sentimentales. Y aquella broma de Billy y mía, que en aquel momento casi le hizo sentir que le “matábamos del corazón”, terminó convirtiéndose con el tiempo en un recuerdo inolvidable de aquellos años.


