Mientras Marcelino y yo soñábamos con Rembrandt, Billy solo pensaba en qué íbamos a comer.
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO ESTE, RD.-
Marcelino, Billy y yo vivíamos en una casa propiedad de mi abuelo, en una etapa de nuestras vidas en la que compartíamos no solamente un techo, sino también sueños, inquietudes y muchas de esas pequeñas aventuras que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en recuerdos imborrables. Marcelino estudiaba publicidad y arte, mientras yo cursaba Comunicación Social. Éramos jóvenes con muchas aspiraciones, convencidos de que el conocimiento y la creatividad podían abrirnos camino en la vida. Billy, por su parte, tenía una función mucho más práctica dentro de aquella pequeña comunidad: era el encargado de resolver las cosas del día a día, especialmente la cocina y las compras de los alimentos.
Aquella convivencia tenía su propia dinámica. Mientras Marcelino y yo estábamos más concentrados en los estudios, las ideas, los libros y los proyectos relacionados con el arte y la comunicación, Billy se ocupaba de que las necesidades básicas de la casa fueran atendidas. Era quien salía a comprar lo necesario para cocinar y quien, de alguna manera, mantenía los pies de todos sobre la tierra. Nosotros vivíamos entre libros, dibujos, fotografías y proyectos, pero alguien tenía que pensar en algo tan elemental como qué íbamos a comer ese día. Y esa diferencia de prioridades fue precisamente la que años después convertiría una escena aparentemente sencilla en una de las anécdotas más graciosas que recuerdo de aquella época.
En aquellos días, Marcelino y yo habíamos realizado unos fondos para fotografías, un trabajo relacionado con nuestras inquietudes artísticas y creativas. Una vez terminados, salimos a entregarlos para cobrar el dinero que nos correspondía. Para nosotros, aquel trabajo representaba algo más que unos simples fondos fotográficos: era una manera de ganarnos la vida haciendo algo relacionado con lo que estudiábamos y, al mismo tiempo, una oportunidad para seguir desarrollando nuestras habilidades. Éramos jóvenes, pero ya comenzábamos a comprender que el talento también necesitaba disciplina, trabajo y la capacidad de buscarse el sustento.
Después de entregar el trabajo y cobrar, en lugar de regresar inmediatamente a la casa, decidimos pasar por la calle El Conde. Aquella zona tenía entonces un encanto especial y era uno de los lugares donde nosotros, como buenos lectores, encontrábamos algo que nos apasionaba: los libros. Marcelino y yo compartíamos esa curiosidad intelectual que nos llevaba a detenernos frente a las librerías, mirar las portadas y conversar sobre autores, pintores y obras de arte. Aquel día, mientras caminábamos, encontramos un libro dedicado a Rembrandt, el gran pintor de los Países Bajos, y no pudimos resistir la tentación de comprarlo.
Para nosotros, adquirir aquel libro era casi como haber encontrado un tesoro. Rembrandt era una figura que despertaba nuestra admiración, especialmente por su dominio de la luz, la sombra, los retratos y la capacidad de transmitir emociones a través de la pintura. Marcelino, que estudiaba arte y publicidad, tenía razones adicionales para sentirse atraído por aquella obra. Yo también disfrutaba profundamente de la lectura y de todo aquello que ampliara nuestra visión del mundo. Así que, después de haber cobrado nuestro trabajo, una parte del dinero terminó convertida en un libro de arte. Salimos de la librería satisfechos, orgullosos de nuestra compra y probablemente sin imaginar que en nuestra casa alguien estaba viviendo una realidad muy diferente.
Cuando llegamos de regreso, vimos a Billy esperándonos en el balcón, apoyado sobre la baranda. Su posición ya decía mucho antes de que pronunciara una sola palabra. Billy no estaba allí esperando conocer las novedades culturales del día ni preguntando qué libro habíamos encontrado en la calle El Conde. Su preocupación era mucho más inmediata: en la casa no había nada para comer. Mientras nosotros veníamos emocionados, sosteniendo nuestro libro de Rembrandt como si lleváramos una verdadera joya, Billy probablemente estaba pensando en qué íbamos a poner sobre la mesa para resolver el almuerzo o la cena.
Desde abajo, todavía emocionados por nuestra adquisición, levantamos el libro y le dijimos a Billy con entusiasmo: “¡Mira, Billy, Rembrandt!”. Esperábamos quizás que compartiera nuestra alegría, que preguntara por el pintor o que mostrara algún interés por aquel libro que para nosotros tenía tanto valor. Pero Billy estaba viviendo en otra realidad. Para él, en ese momento, la cultura podía esperar, porque el estómago no entendía de pintura, arte ni grandes maestros. Nos miró desde el balcón y, con aquella mezcla de sinceridad y humor que lo caracterizaba, soltó una frase que quedó grabada para siempre: “¿Comerán papeles?”
La ocurrencia de Billy nos debió hacer reír en aquel momento, pero con los años aquella frase se convirtió en una especie de resumen perfecto de aquella etapa de nuestras vidas. Marcelino y yo estábamos pensando en Rembrandt, en el arte, en los libros y en nuestros proyectos, mientras Billy estaba pensando en algo mucho más urgente: la comida. Éramos tres jóvenes compartiendo una casa y, aunque teníamos intereses distintos, aquella convivencia nos había unido de una manera especial. La frase de Billy tenía además una verdad muy profunda: los libros alimentan la mente, pero en determinados momentos también hay que recordar que el cuerpo necesita su propio alimento.
Hoy, cuando recuerdo aquella escena, puedo imaginar perfectamente a los tres: Marcelino y yo llegando orgullosos con nuestro libro, levantándolo desde abajo para enseñárselo a Billy, y Billy apoyado en la baranda, preocupado porque no había nada que cocinar. La diferencia entre nuestra emoción intelectual y su preocupación por la comida produjo una de esas escenas espontáneas que ninguna persona podría haber escrito de mejor manera. “¿Comerán papeles?” terminó siendo mucho más que una simple broma; fue la frase que quedó asociada a aquel episodio de juventud.
Los años han pasado y muchas cosas han cambiado, pero algunas anécdotas permanecen intactas porque forman parte de nuestra historia personal. Aquella casa de mi abuelo, los estudios de Marcelino en publicidad y arte, mi formación en Comunicación Social, las responsabilidades de Billy, los trabajos que hacíamos para conseguir dinero y aquella caminata por la calle El Conde en busca de libros son recuerdos de una época de sueños y necesidades. Y, sobre todo, quedó aquella lección involuntaria de Billy: mientras nosotros descubríamos a Rembrandt, él nos recordaba que también había que pensar en la cena. Quizás por eso, cada vez que recuerdo aquel libro, inevitablemente aparece en mi memoria la voz de Billy diciendo con toda naturalidad y sentido del humor: “¿Comerán papeles?”


