Por redacción SDE digital.-
No se puede gobernar de espaldas a los pueblos, ni mucho menos pretender que las decisiones de un gobernante estén por encima de las aspiraciones, necesidades y preocupaciones de los ciudadanos. La democracia tiene precisamente esa virtud: permitir que la población exprese su satisfacción o su inconformidad con quienes ejercen el poder. Y cuando esa expresión llega a las urnas, su mensaje debe ser escuchado y respetado.
El pueblo norteamericano ha demostrado que no está necesariamente de acuerdo con la política económica ni con la política internacional que ha venido desarrollando el presidente Donald Trump. Los resultados electorales constituyen una señal política que no debe ser ignorada por la Casa Blanca, porque reflejan preocupaciones existentes en amplios sectores de la sociedad estadounidense.
En el terreno económico, las familias norteamericanas tienen sus propias preocupaciones: el costo de la vida, los precios de los alimentos, la vivienda, los servicios y la estabilidad de sus empleos. Ningún discurso político puede sustituir la realidad que enfrentan diariamente los ciudadanos cuando tienen que administrar sus ingresos para cubrir sus necesidades básicas.
En el ámbito internacional, las decisiones de Washington también generan inquietudes. La manera de relacionarse con sus aliados tradicionales, las tensiones comerciales, los conflictos internacionales y la política exterior estadounidense son asuntos que tienen repercusiones mucho más allá de sus fronteras. Estados Unidos es una potencia mundial y sus decisiones influyen directamente en el equilibrio político y económico del planeta.
Donald Trump debe comprender que ganar unas elecciones presidenciales no significa recibir un cheque en blanco para gobernar sin escuchar a los demás. El mandato popular tiene límites democráticos y está sujeto a la evaluación permanente de los ciudadanos, quienes conservan el derecho de expresar su desacuerdo cuando consideran que las decisiones gubernamentales no responden a sus expectativas.
Las elecciones de medio término representan precisamente uno de los mecanismos más importantes del sistema democrático estadounidense. A través de ellas, los ciudadanos pueden modificar la correlación de fuerzas en el Congreso y establecer contrapesos frente al Poder Ejecutivo. No se trata solamente de elegir legisladores, sino también de enviar un mensaje sobre el rumbo que lleva la administración gubernamental.
El resultado de las urnas debe servir como una advertencia para quienes consideran que el poder político puede ejercerse sin tomar en cuenta el sentir de la población. La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones, sino también en tener la capacidad de escuchar, rectificar y reconocer cuando una parte importante de la sociedad no comparte las políticas que se están ejecutando.
La gran lección que deja esta jornada electoral es que ningún gobernante, por poderoso que sea, puede gobernar de espaldas a su pueblo. Los ciudadanos tienen la última palabra en las urnas y sus decisiones constituyen una respuesta democrática que debe ser respetada. El poder se conquista con los votos, pero se conserva con resultados, responsabilidad y respeto a la voluntad popular.


